Las tres vidas de la guitarra española (III)

Las tres vidas de la guitarra española (III)

Tárrega, Torres y el retorno de la guitarra.

Escrito por Ignacio Martínezmarido de nuestra compañera en España, Teresa Córdova y amante de la música.


Después de la edad de oro de la guitarra romántica, en el primer tercio del XIX, el instrumento fue perdiendo prestigio; el público culto consideraba la música de guitarra más apropiada para una taberna que para un conservatorio o una sala de conciertos, con lo que el instrumento acabó relegado al ámbito doméstico o popular. La guitarra saldría de esta situación, otra vez, ayudada por las innovaciones técnicas y la creatividad de nuevos compositores e intérpretes.

El principal responsable de devolver a la guitarra su importancia fue, sin duda, Francisco Tárrega (1852-1909); tanto es así, que se podría decir que si los guitarristas tuvieran un santo patrón, este sería  Tárrega. Su vida tiene bastante de novelesco. Nació en Villarreal, una ciudad valenciana cercana al Mediterráneo, en una casa adosada al convento de San Pascual Bailón, detalle que incluyo únicamente por lo simpático del Santo y porque con ese nombre quizás iluminase al compositor en su carrera musical.  En el mismo convento trabajaban sus padres como celador y sirvienta, así que el pequeño Francisco se quedaba al cuidado de una joven, quien, en un descuido,  dejó escapar al niño, que cayó una acequia de agua estancada. 

Francisco contrajo una infección que afectó a sus ojos; sus padres, temiendo que perdiera completamente la vista, procuraron prepararlo para uno de los pocos oficios en los que un ciego podía ganarse la vida en la España de la época: el de músico.  Así empezó una carrera que incluyó el aprendizaje con mendigos y gitanos, el mecenazgo de nobles, la vida bohemia de intérprete en cafés o teatros y el reconocimiento internacional.  Sin extenderme más sobre su biografía, mencionaré sólo que el talento natural de Tárrega se conjugó con un nuevo modelo de guitarra en el que un constructor de Almería, Antonio de Torres Jurado, incluyó importantes mejoras técnicas. Torres dotó a la guitarra clásica de la fisonomía que conserva actualmente: mayor tamaño, clavijas de metal, refuerzos en abanico, etc. Todo ello mejoró el volumen y la expresividad del instrumento, mejorando su aceptación entre compositores y público.

Tárrega sistematizó y desarrolló la técnica de la guitarra con los recursos que siguen empleándose hoy en día; también amplió el repertorio para guitarra, no solo con sus propias composiciones sino también con arreglos de autores antiguos y contemporáneos.

Composiciones

 Las composiciones de Tárrega se enmarcan dentro del romanticismo tardío y también de la escuela nacionalista española, que tuvieron en el llamado ‘Alhambrismo musical’ una de sus primeras manifestaciones. Entre las características del romanticismo estaba la búsqueda de lo exótico, de evocaciones lejanas que escapasen del mundo convencional, y diferentes escritores y compositores románticos europeos lo encontraron muy cerca, en el legado islámico de la Península Ibérica, con la Alhambra como símbolo.  A partir de allí crearon obras basadas en la imagen, bastante artificial, que tenían de lo árabe o morisco, pero también de la música tradicional andaluza. Dos de las obras más conocidas de Francisco Tárrega siguen esta inspiración: una es el Capricho árabe, y otra la célebre Recuerdos de la Alhambra, ambas aquí  en interpretación  de Fernando Espí. De Recuerdos podemos decir que si Tárrega es el santo patrón de los guitarristas, esta composición puede ser su himno. La técnica característica de la pieza es el ‘trémolo’, que se basa en la pulsación rápida de la misma nota con los dedos anual, medio e índice, alargando su duración con un ‘efecto mandolina’ mientras el pulgar toca en el bajo en una melodía aparentemente independiente.  Espí la interpreta aquí en un tiempo relativamente lento pero fiel a la partitura, con una duración de casi 6 minutos, mientras que la mayor parte de las versiones que se escuchan la despachan en casi la mitad.                 

Las otras piezas, Adelita y Lágrima, enlazan plenamente con la vertiente romántica de Tárrega. Me gustan estas piezas porque son sencillas técnicamente, pero capaces de transmitir una gran emoción. Me recuerdan, además, a la primera infancia de mis hijos, cuando estas melodías eran su mejor canción de cuna. 

Arreglos

El trabajo de Tárrega también fue importante adaptando para guitarra obras de piano de autores contemporáneos, como Isaac Albéniz o Enrique Granados, representantes del nacionalismo musical español. De la misma escuela es esta Serenata Española, del gran pianista Joaquim Malats y transcrita por Tárrega. Hay obras como el célebre Asturias de Albéniz, que pocos aficionados identifican ya con el piano, sino que creen compuesto directamente para guitarra. EI propio Isaac Albéniz al escuchar las transcripciones de Tárrega manifestó que era en ese sonido en lo que estaba pensando cuando compuso sus piezas.  Otras piezas características de la tradición de transcripciones para guitarra son este Sevilla de Albéniz o la Danza Española, nº 5 «Andaluza» de  de Granados, todas ellas en interpretación de Norbert Kraft. 

Maestro y discípulos

La última faceta importante de Francisco Tárrega fue su trabajo como maestro. En Barcelona se rodeó de un grupo de discípulos que aprendieron su técnica y la transmitieron a la siguiente generación de guitarristas, como Emilio PujolMiguel Llobet o Daniel Fortea, entre otros, quienes fueron, a su vez, destacados compositores y maestros. 

Retrato de Miguel Llobet, por Ramon Casas.

De Emilio Pujol, incluimos dos de sus piezas españolas: tonadilla y guajira. Ésta última comienza con un recurso técnico curioso, el llamado pizzicato,  que se consigue apoyando el comienzo de la palma de la mano derecha sobre el puente de la guitarra apagando el sonido de las notas. Miguel Llobet, se inspiró en el floclore catalán para componer sus ’13 piezas tradicionales catalanas’. Aquí tenemos dos de las más famosas, El noi de la mare y Cancó del lladre, en esta última destaca el uso de ‘armónicos’,  otro recurso guitarristico característico, que suena como a ‘campanillas’. Estas cuatro piezas están interpretadas por la guitarrista Anabel Montesinos.  Por último una Romanza de Daniel Fortea, ejecutada por Agustín Maruri.

Precisamente un alumno de Llobet, Andrés Segovia, fue el artífice de la difusión mundial de la guitarra en la segunda mitad del siglo XX, alcanzando una popularidad que llega hasta nuestros días. De él y de la musica contemporánea para guitarra trataremos en la siguiente y última entrega de esta historia de la guitarra clásica en España.

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